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NUEVAS SENDAS BLOG

21 Feb 2017

EL SÍNDROME DE LOS SELFIES

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Hay una moda que se ha desatado en las redes sociales que podemos llamar el síndrome del selfies, que consiste en tomarse fotos a sí mismo y luego colgarlos en el Facebook u otras instancias del mundo virtual. Son fotos que pueden tomarse acompañados de otras personas, pero el síndrome especifico al cual nos referimos son más que todo aquellas fotos donde el centro de la imagen es una sola persona, la que se toma la foto a sí misma y luego la publica esperando muchos likes en su cuenta. Parece un simple acto de juego o una trivialidad intrascendente que empuja a las personas a la moda del selfie, retratándose y colgándola en la red para que todos la vean. Pero en verdad ¿es sólo una banalidad lúdica o puede estar escondiendo una conducta psicológica disfuncional?, ¿es sólo una acción trivial o puede devenir en un signo de cierto grado de patología?.

La tecnología virtual nos ha traído grandes beneficios, pero tiene también sus grandes bemoles; la dependencia a ellas y la transformación de nuestras costumbres, no siempre en positivas, son dos cosas, entre otras, que no nos han sido tan beneficiosas. Por ejemplo, la costumbre de antes era que otros nos tomaran fotos, pero ahora nos la tomamos a nosotros mismos; hasta ahí todo bien, pero en cuanto a la intención de tomarnos las fotos, creo que eso es lo que ha variado. La motivación con que nos tomábamos antes una foto, ya no es la misma con la que nos tomamos ahora. Antes nos tomábamos una foto con la intención de guardar el recuerdo de un momento especial o de un lugar en particular, que no nos gustaría olvidar; pero en los selfies esa ya no es la intención, no nos interesa ni el momento ni el lugar, nos interesa resaltar nuestra imagen y conseguir muchos likes que nos brinden sentimientos de aprobación. Por eso ya no nos importa el fondo de la foto, sino cuan bien quede la imagen mía que sale en ella.

Las modas sociales no son otra cosa que epidemias psicológicas que fácilmente pueden contagiar y propagarse rápidamente, como es lo que viene sucedido con el fenómeno de los selfies, a raíz de lo cual, diversas investigaciones vienen tratado de descifrar las razones de esta popularidad, ¿por qué gustan tanto los autorretratos digitales y qué dicen de las personas  que se fotografían así?. Veamos algunas investigaciones que analizan este fenómeno que arrastra a millones en la internet.

De acuerdo con la Dra Peggy Drexler, investigadora en psicología de la Universidad de Cornell, las selfies son una clara manifestación narcisista, porque a través de las selfies la persona muestra una sobreestimación, a veces real, pero muchas veces forzada. “El narcisista tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación. A través de las selfies públicas se logra este propósito”, dice Drexler. Nosotros coincidimos con ella afirmando también que los selfies pueden estar revelando rasgos narcisistas o una estructura de personalidad narcisista. Son dos cosas diferentes, una cosa es tener rasgos y otra muy distinta poseer una estructura de personalidad. Yo puedo tener rasgos autistas, porque, aunque tenga la capacidad, no me guste mucho socializar con los demás; pero una cosa muy distinta es que posea una estructura de personalidad autista en la que no tengo la capacidad de socializar con mi entorno más próximo.

Puede darse, entonces, que la práctica continua u obsesión permanente por los selfies puedan estar revelando en mí ciertos rasgos o estructuras de personalidad narcisista latentes en mi persona. Entendiendo que en todos hay cierta dosis de narcisismo, que mientras sea mínimo y controlado no hay problema, lo peligroso está en que esta práctica continua del autorretrato la puede acentuar y hasta volverla algo parecido a una estructura de personalidad.

El narcisista es una persona que aparenta amarse mucho, pero que en el fondo no se ama nada, por eso busca desesperadamente el aprecio y el reconocimiento de los demás como una forma de compensar el desprecio y poco valor que siente de sí mismo. Los selfies públicos son una forma de alcanzar dicho reconocimiento, porque con cada like que reciben, se sienten aprobados y valiosos. Para el narcisista lo importante es la imagen que proyecta delante de  los demás, independientemente si es real o irreal; no busca perennizar con el selfie un lugar o un momento especial, sino una imagen comercial que despierte la aprobación de los otros. Por eso los selfies también son una señal de la compulsiva obsesión que existe por la apariencia en la sociedad posmoderna de hoy.

Esta clara obsesión por la apariencia es producto de la civilización de consumo en la que vivimos, donde reina el dios mercado y hace que todo se convierta en un producto más de compra y venta, incluida también la personalidad, como claramente lo denunciaba el prestigioso psicoanalista social Erich Fromm en su libro Ser o Tener. Se dice que al convertir a la personalidad en un producto más, ello nos obliga a maquillarla y arreglarla apropiadamente con la intención de posicionarla en el mercado de nuestro entorno social, alcanzando así el aprecio externo que no lo conseguimos internamente. Los selfies pueden ayudar en ese propósito, porque nos permite promocionar una imagen y recibir muchos likes de aprobación; porque la naturaleza del selfie es el share, es decir, fueron hechas para ser compartidas en redes sociales. Y la exposición pública continua connota el autoinflado concepto de sí mismo que tiene la persona que se fotografía; es alguien que promociona su imagen bajo el supuesto de que hay un grupo de personas (Amigos o seguidores) que están pendientes de su vida. Lo que ha hecho el fenómeno de los selfies y el narcisismo es enfocarse a la imagen de la persona y no en la esencia de ella. Nos ha puesto a la mano un mecanismo que quizá muchos deseábamos tener antes, pero no había los medios.

Todo esto hace que la identidad de una persona ya no descanse en lo profundo de su carácter, sino en lo superficial de su imagen. Esto hace que ya no sea importante lo que yo soy, sino lo que yo aparento ser. Es el culto a la imagen personal, que nos lleva a preocuparnos más por nuestra reputación antes que por nuestro carácter. Nos importa más parecer antes que ser. Y hay una clara diferencia entre reputación y carácter; el primero tiene que ver con lo que los demás creen que yo soy cuando me ven, aunque en verdad no lo sea, mientras que el carácter tiene que ver con lo que yo soy realmente, aun cuando nadie me ve. Uno es la apariencia que yo proyecto y el otro es la esencia que yo guardo como ser humano. La reputación es la obsesión de quedar bien ante los demás, propio del narcisismo, mientras que el carácter es la convicción de quedar bien ante sí mismo, propio de una persona con una autoestima sana.

Basados en investigaciones de la Universidad Estatal de California y Michigan, hay reportes que alertan sobre los efectos nocivos de las plataformas como Facebook y Twitter, como también de los selfies. Tras entrevistar a 579 personas con la costumbre del selfie, se confirmaría la hipótesis del narcisismo; porque todo parece indicar que quienes abusan de las selfies son narcisistas extremos que buscan mostrar la mejor imagen de sí mismos y tratar de ganar “fans” a los demás. “Tratan de resguardar celosamente su propia imagen, retocándola y perfeccionándola para asegurarse de que serán aprobados por el resto”, dijo el autor de la investigación, Elliot Panek. De esta forma aumentarían su ego y piensan que controlan la percepción de los demás.

No queremos terminar nuestro artículo satanizando a los selfies, porque no todo es malo, por sí sola ellos son una forma más de compartir experiencias, divertirte y aligerar el ambiente.   También es una excelente forma para incrementar tu seguridad y motivarte en objetivos específicos como mejorar la apariencia personal. Pero el problema viene cuando se convierte en algo obsesivo y narcisista; mientras todo sea hecho sin excesos y con equilibrio, no haciendo descansar nuestra identidad en nuestra reputación, sino en nuestro carácter, es decir, no en lo que aparento ser, sino en lo verdaderamente soy, todo está bien .

Por José Baldeón Valdivia Psicoterapeuta de Familias

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